Por distintas razones fisiológicas y metabólicas el entrenamiento de fuerza se ha posicionado como más eficaz que el clásico “aeróbico” en el tratamiento del sobrepeso y/o obesidad. Recientemente se han publicado los resultados de un estudio (Obes Facts. 2015 May 8;8(3):175-187) cuyo objetivo fué comparar los efectos del entrenamiento de resistencia aeróbica frente al entrenamiento de resistencia muscular sobre la composición corporal. Capacidad física y parámetros circulatorios en mujeres obesas. Participaron 44 mujeres con obesidad abdominal que fueron asignadas aleatoriamente a uno de los siguientes dos grupos:

A) entrenamiento de resistencia aeróbica

B) entrenamiento de fuerza.

Entrenarón durante 3 meses, 3 sesiones/semana durante 60 min.

Resultados

Los resultados mostrarón un significativo descenso de la masa corporal, índice de masa corporal (IMC), grasa total y circunferencia de cintura y cadera, con ambos tipos de entrenamiento. En el grupo B se constató un aumento de la masa libre de grasa. En ambos grupos mejoró el VO2pico, tiempo hasta el agotamiento, carga máxima de trabajo y umbral ventilatorio. También en ambos grupos, sin diferencias significativas entre ellos, descendió la frecuencia cardiaca de reposo, presión arterial sistólica y diastólica, y respuesta de la presión arterial al ejercicio. Los autores sugieren que tanto el entrenamiento de fuerza resistencia como el de resistencia aeróbica son eficaces para mejorar la composición corporal de mujeres obesas, así como sus parámetros de capacidad funcional y presión arterial.

Este y otros muchos estudios vuelven a mostrar en la eficacia del entrenamiento de fuerza para luchar contra el sobrepeso y la obesidad. Aunque es más sencillo realizar entrenamiento aeróbico (unas zapatillas es suficiente), el entrenamiento de fuerza se posiciona no solo como más eficaz, sino el que mayor adherencia provoca. Este segundo punto es clave para la lucha frente a la obesidad, porque modificar la composición corporal y el peso del obeso es muy fácil a corto plazo, pero ese análisis es claramente insuficiente. La eficacia tanto de las “dietas” como de los programas de ejercicio debería valorarse al menos con 12 meses de implementación.

Referencias:

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