Han pasado años desde que  el naturópata Peter D’Adamo propusiera sus hipótesis sobre la dieta y el grupo sanguíneo mediante su libro Eat Right 4 Your Type, que le hizo millonario. Realmente no hizo más que reempaquetar las teorías que ya proponía su padre y que también explicaba en sus libros. Y, sorprendentemente, cada cierto tiempo esta propuesta (o alguna de sus imitadoras) vuelve a renacer de sus cenizas y consigue posiciones dignas en las estanterías de las librerías.Sin entrar en detalles técnicos, sus principios son los siguientes: Los diferentes tipos sanguíneos se han ido creando en diferentes épocas de la humanidad, por lo que sabiendo en qué momento apareció cada grupo y conociendo lo que comían nuestros antecesores en ese momento… ya tenemos la dieta perfecta para cada tipo.

De esta forma, D’Adamo define a los del grupo O como “los cazadores” (creado hace 30.000 años), los del A como” los agricultores” (surgió hace 20.000 años), los del B como los “nómadas” (hace 10.000 años) y los del AB como una mezcla entre A y B (hace 1000 años). Así que, con estos nombres, puede imaginar cuál puede ser la dieta ideal que se propone para cada grupo. Si todo eso se salpica con una cuantas citas y trabajos de inmunólogos, antropólogos y otros expertos, se le da la apariencia de tener mucha ciencia detrás.

Pero todo el planteamiento tiene tres grandes agujeros.


1. Para empezar, los supuestos mecanismos y periodos históricos con los que trabaja D’Adamo para la aparición de cada tipo de sangre no es algo que esté demostrado, ni mucho menos. De hecho, algunos expertos discrepan totalmente con sus propuestas, como puede leerse en los estudios “Genetic of the ABO blood system and its link with the immune system ” o “Evolution of the O alleles of the human ABO blood group gene“, y piensan que algunos grupos podrían haber aparecido en momentos muy diferentes; incluso algunos podrían existir desde hace millones de años.

2. Además, no existe ni una prueba sólida que pueda confirmar que los matices y especificidades del metabolismo de una persona se puedan correlacionar con el grupo sanguíneo.

3. Y el más importante: No hay estudios que prueben que las personas que sigan estas directrices obtengan algún tipo de beneficio para la salud o pérdida de peso. Más bien al contrario,  ya que en el estudio de 2014 “ABO Genotype, ‘Blood-Type’ Diet and Cardiometabolic Risk Factors“, los investigadores no identificaron diferencias significativas de los efectos de las diferentes dietas planteadas por este método cuando se seguían por pacientes con diferentes tipos de grupo sanguíneo. Por otro lado, en 2013, se publicó en American Journal of Clinical Nutrition la revisión sistemática “Blood type diets lack supporting evidence: a systematic review“, en el que los autores lo dejaron claro en las conclusiones: Los ensayos que se han hecho para analizar la relación entre la dieta, el grupo sanguíneo y el metabolismo han sido muy pocos, para temas muy concretos (por ejemplo, variación del colesterol), con una calidad y rigor muy baja y no han obtenido resultados concluyentes.

Para terminar, permítanme plantear una reflexión dedicada a los que creen que les funciona: D’Adamo sugiere a los cazadores una dieta alta en proteínas y baja en carbohidratos y a los agricultores una basada en plantas. Los efectos de ambos tipos de dieta son perfectamente conocidos y no se deben a nada relacionado con el tipo de sangre. Y estoy seguro que si las dietas se invirtieran en ambos grupos, los resultados serían los mismos.

Osea, que este es un libro que termina dando los consejos dietéticos de siempre, con la excusa de una teoría de la que no se aporta ninguna prueba. Como siempre ocurre en estos casos, sus inventores y defensores suelen andarse por las ramas teóricas, pero nunca presentan ningún estudio que demuestre sus teorías. Cuando se les rebate todas esas teorías, normalmente sin pies ni cabeza y a menudo simplemente inventadas, suelen recurrir al típico “tampoco se ha demostrado que no funciona“, como si la carga de la prueba debiese caer sobre quien duda, en lugar de sobre quien hace afirmaciones extraordinarias y promete el oro y el moro sin aportar pruebas concretas.

Afortunadamente, hay científicos casi para todo, incluso para dedicar de vez en cuando parte de su valioso tiempo a comprobar si las hipótesis descabelladas tienen visos de lograr resultados satisfactorios. Es lo que ha ocurrido con esta dieta, a la que finalmente alguien riguroso le ha echado el ojo y se ha animado a analizar de forma práctica. Supongo que para horror y ofensa de sus defensores, que sin duda hubieran seguido más felices y tranquilos escondidos tras sus absurdas hipótesis.

El estudio se titula “ABO Genotype, ‘Blood-Type’ Diet and Cardiometabolic Risk Factors“, realizado por expertos canadienses y vio la luz hace tan solo unas semanas en Plos One, estando disponible para cualquiera que quiera leerlo completo en este enlace. Los autores han hecho lo que también podían haber probado D’Adamo y compañía hace tiempo, que era bastante sencillo: Analizar la dieta que seguía un grupo de cerca de 1500 personas, y ver si tenía alguna relación con los indicadores de salud y el tipo sanguíneo de todos ellos.

Los resultados han sido los esperables. Los diferentes tipos de dieta propuestos por este método se asociaron con diferentes resultados en los indicadores, como es normal. Pero cuando se analizó si estos resultados variaban en función del tipo sanguíneo, no se encontró ninguna relación. Vamos, que los efectos de las diferentes dietas no estaban asociados a los grupos sanguíneos de las personas.

jj