¿Es la energía que contiene un alimento el único aspecto a considerar al relacionarlo con la obesidad? ¿Es la frase “una caloría es una caloría” estricta y rigurosa? ¿Son los principios de la termodinámica unas leyes aplicables a nuestro metabolismo de la misma forma que se aplican en un sistema en el que entra y sale energía, sin más?

Es evidente que las leyes de la termodinámica son igualmente aplicables a una persona, a un horno o a una piedra. Pero el funcionamiento de nuestro cuerpo y la forma en la que obtiene y expulsa energía complican el asunto. Por no hablar de la existencia del cerebro, que convierte todo nuestro metabolismo en un sistema muy complejo en el que también los deseos y necesidades son un factor a considerar.

:La digestibilidad.

La caloría es una unidad básica de energía utilizada numerosas ramas de la ciencia y representa el calor necesario para elevar la temperatura de una cantidad concreta de agua un grado. También se utiliza para expresar el poder energético de los alimentos, normalmente en forma de kilocalorías por unidad de peso (a pesar de los esfuerzos que se han hecho por promover la utilización de los kilojulios, se sigue utilizando la kilocaloría). Por abreviar suele llamarse a menudo (pero incorrectamente) caloríaCentrándolos en  los alimentos, su poder calórico se calcula directamente en un laboratorio midiendo el calor desprendido por combustión o mediante la cantidad de productos que esta combustión consume y genera en forma de oxígeno y CO2.

Algunos defensores de las dietas bajas en grasas y calorías han hecho popular la expresión una caloría es una caloría, y piensan que termodinámicamente el problema de la obesidad es simple: Si comemos alimentos que contienen más calorías de las que quemamos, engordamos. En este caso lacaloría sería una propiedad única e inmutable que acompañaría al alimento, sea cual sea el método utilizado para su utilización. Sin embargo, como comentaba al principio, basta pensar en lo complejo e intrincado que es el proceso de metabolización de un alimento y las diferentes respuestas fisiológicas y cerebrales que puede generar, para imaginar que su aportación energética es un proceso bastante más complicado que la combustión que ocurre en un calorímetro.

Por ejemplo, existe un factor que hay que tener en cuenta al hablar del poder calorífico de un alimento, relacionado con el porcentaje de aprovechamiento real del mismo que somos capaces de procesar. Porque, a diferencia de en el laboratorio, nuestro cuerpo no puede utilizarlo y quemarlo en su totalidad, ya que su eficiencia no es perfecta. Para corregir este aspecto, desde hace muchos años se utiliza el concepto de Energía Metabolizable.

La energía metabolizable o “aprovechable” se calcula aplicando la siguiente fórmula:

Energía metabolizable = Energía total – Energía no aprovechada

Siendo la Energía no Aprovechada la que “desperdiciamos” con los restos del alimento que no absorbemos y que expulsamos en las heces, la orina, los gases y otras secreciones. Los dos últimos (gases y secreciones) suelen despreciarse por ser muy pequeños. Y para conocer los valores de energía perdida en las heces y la orina se utilizan una serie de factores de corrección, aplicados a los diferentes macronutrientes, que se aplican posteriormente a los cálculos obtenidos por calorimetría. Es decir, cuanto más digestible sea un alimento, menor será su energía no aprovechada y su factor de corrección será más cercano al 100%.

Los factores más utilizados se llaman “factores de Atwater” y fueron desarrollados por el químico Wilbur Ollin Atwater y sus colegas a principios del siglo XX. Posteriormente se actualizaron en 1973 (disponibles en el documento de Merril AL, Watt BK, Energy value for foods, basis and derivation) e incluyen un amplio rango de valores para diferentes tipos de alimentos.

Normalmente nuestro sistema digestivo es bastante eficiente y el aprovechamiento es elevado, pero no siempre. Hay proteínas con valores que oscilan desde el 20% al 97% (normalmente las de fuentes vegetales tienen menor rendimiento), carbohidratos entre 32 y 98% y grasas entre 90 y 95%. En esta tabla pueden observarse diferentes coeficientes que suelen utilizarse para los alimentos más habituales. Mediante el sistema Atwater se calcularon también unos coeficientes generales para cada macronutriente que han dado lugar al método más utilizado para el cálculo calórico: la aplicación de 9/4/4 kilocalorías para las grasas/proteínas/carbohidratos,  respectivamente. Y suele completarse con un valor de 2 kilocalorías para la fibra.

De esta forma, lo habitual es que un análisis nutricional de macronutrientes y calorías se calcule así:

  1. Determinación de la composición: cantidades de grasas y proteínas.
  2. Determinación de la composición: cantidad de carbohidratos (por diferencia de lo anterior).
  3. Multiplicar cada cantidad por su coeficiente general Atwater para el cálculo de kilocalorías: carbohidratos y proteínas multiplicadas por 4 y grasas por 9.

Prácticamente todas las etiquetas de alimentos que pueda leer en su supermercado se completan con este método ya que este sistema permite obtener valores bastante fiables. O así debería ser, ya que estos datos son la base fundamental con la que se programan las dietas basadas en el cálculo calórico preciso.

Sin embargo, más de un experto opina que necesita alguna actualización y que, tal vez, estamos utilizando valores poco prácticos e incompletos, que incluso podrían estar limitando la ingesta de alimentos muy saludables o promoviendo la de otros poco recomendables. Veamos algunos ejemplos:

Los frutos secos, que presentan un rendimiento del 90% para las grasas en las respectivas tablas Atwater, podrían ser unos de los más afectados. En estudios como “Discrepancy between the Atwater factor predicted and empirically measured energy values of almonds in human diets” (2012), los resultados indican un aprovechamiento bastante inferior al que suele considerarse. En este caso, los investigadores descubrieron que supone una reducción de más del 30% de las calorías que se obtienen con los coeficientes Atwater habituales y que podría explicar – al menos en parte – la habitual falta de relación de los frutos secos con el sobrepeso. Este fenómeno probablemente tenga su origen en la dificultad que nuestro sistema digestivo tiene para procesar estos ricos pero complejos paquetes de nutrientes vegetales; con seguridad la presencia de fibra alimentaria tiene mucho que ver, un nutriente con el que nuestro sistema digestivo lidia con dificultad.

La cuestión no parece ser exclusiva de los frutos secos. En el estudio de 2011 “Energetic consequences of thermal and nonthermal food processing” los animales sobre los que se realizaron varios experimentos comieron la misma comida con diferentes acabados: cruda, cruda triturada, cocinada y cocinada triturada. Se observó que cuando se alimentaron mediante los dos últimos formatos, ganaron más peso, aunque tomasen incluso menos cantidad que en las versiones crudas. Al parecer los alimentos cocinados se absorbieron con bastante mayor eficacia, ya que llegan al sistema digestivo con gran parte del trabajo de procesamiento previo a la metabolización ya realizado.

Por lo tanto, parece que la digestibilidad es un factor que puede influir significativamente en el aporte energético de los alimentos, independiente de las calorías que vengan indicadas en sus etiquetas o en la base de datos nutricional correspondiente. Lamentablemente no hay demasiados estudios al respecto. No son fáciles de realizar, ya que exigen utilizar métodos de marcado y medición de alimentos complejos y suelen requerir que los sujetos se alimenten a base de un único alimento durante días, algo poco atractivo y éticamente discutible. Esperemos que en un futuro cercano se desarrollen nuevos métodos e iniciativas que permitan conocer con más precisión este factor.

Y ahora piense en muchos de los alimentos de la dieta típica occidental. Derivados de cereales sin fibra que dificulte la digestión y altamente refinados en forma de galletas, bollos, panes y cereales de desayuno. Preparados de carne y pescado, cocidos y precocinados, que posteriormente se vuelven a freír o a asar. Evidentemente, la digestibilidad y absorción de todos esos alimentos es muy elevada y se comen con facilidad y sin esfuerzo, provocando que comamos más y con muchísimo aprovechamiento. ¿No cree que, junto con otros factores, pueden estar influyendo en ese exceso energético al que sometemos a nuestro cuerpo? Sin duda la ciencia nos irá aclarando esta cuestión poco a poco.  La digestibilidad, controlada por el cerebro es el elemento principal por el que la alimentación humana es algo mucho más complejo que una cantidad concreta de calorías entrando y saliendo. Aunque el balance energético tiene la relevancia que tiene, el hecho de comer está enormemente influenciado por diversos aspectos en los que el cerebro juega un papel fundamental. Porque es sobre todo este órgano el que pilota los mensajes relacionados con el deseo de comer.

Hoy en día el comer es una actividad con componentes que van más allá de los fisiológico y lo energético.  Sin embargo, podríamos decir que la sensación principal que nos impulsa a hacerlo es el apetito y la que nos empuja a parar es la saciedad. Ambas se generan en el cerebro y han sido (y siguen siendo) centro de gran cantidad de estudios, ya que si se consiguieran controlar a voluntad, se dispondría de una poderosa herramienta contra la obesidad (y un gran negocio si se logra mediante medicamentos).

La capacidad saciante es otro de esos factores que ponen en entredicho la frase una caloría es una caloría. Déjeme que se lo explique con un ejemplo sencillo:

 

Imagine que usted una hace una comida compuesta del alimento A, que le aporta 500 kilocalorías. Al día siguiente, hace otra comida compuesta del alimento B, que le aporta 700 kilocalorías. En principio, la segunda comida le engorda más, ese es el razonamiento habitual y básico. Sin embargo, si el alimento B, aunque aporte más calorías, tiene la capacidad de reducir su deseo de comer, en el balance general del día podría resultar beneficioso comparado con el otro caso, ya que puede provocar que su siguiente comida sea menos calórica o que no tenga deseos de picar entre horas. Así que el balance energético importa, pero en su globalidad, teniendo en cuenta todos estos posibles factores.

Pero ¿qué es la saciedad? ¿De qué depende? ¿No debería nuestro cuerpo utilizarla para regular con eficacia nuestras ganas de comer, como lo hace con la necesidad de respirar, dormir o beber?La saciedad es una sensación más compleja de lo que podría pensarse. Es una combinación de diferentes señales y percepciones de nuestro cerebro y puede ser regulada por numerosos mecanismos, en gran medida a través de las hormonas, pero no solo, ya que se ha correlacionado con temas tan diversos como la alimentación, el estrés, el sueño, la actividad física, etc. Todavía no se conoce su funcionamiento detallado y tampoco se ha conseguido controlar totalmente. Y lo que parece evidente es que con la forma de vida actual no es un mecanismo suficiente para regular adecuadamente la ingesta de alimentos, probablemente porque está diseñado para actuar en un entorno distinto, repleto de actividades muy diferentes y basado en  la escasez y la poca diversidad de alimentos.

Desde un punto de vista más operativo, es decir, considerando el efecto que provocan diversos alimentos y comportamientos alimentarios, se conocen unos cuantos factores que pueden facilitar la efectividad de la saciedad. A continuación vamos a ver cuáles son los principales, junto con algunas referencias y estudios interesantes por si desea profundizar en el tema.

Ocupación del estómago y densidad energética

Nuestro estómago tiene una capacidad de entre 2 y 4 litros y según se va llenando, su distensión se modifica y los nervios y sensores correspondientes envían señales al cerebro mediante un sistema realmente intrincado (que todavía no se comprende totalmente). Así que conviene que introduzcamos en nuestra dieta, junto a los alimentos energéticos saludables y llenos de nutrientes (que también son necesarios), gran cantidad de otros alimentos que ocupen gran volumen y lo llenen, sin aportar demasiadas calorías. La proporción de agua que contengan es una buena referencia, ya que aumenta el volumen del alimento y su ocupación. Los vegetales, las frutas y las carnes y pescados frescos cumplen estos requisitos.


Contenido en fibra

Se ha comprobado que aquellos alimentos ricos en fibra aumentan la saciedad comparados con los que la tienen en menor medida. De nuevo los vegetales, las frutas, junto con los frutos secos y las legumbres son las principales fuentes de fibra, que puede complementarse con los alimentos integrales.


Palatabilidad

Hay estudios que sugieren que cuando la palatabilidad es muy elevada (más ricos nos sepan y más placer nos aporten al comerlos), menos saciedad aportan. Este enfoque  podría explicar la razón por la que en ocasiones nunca parecemos cansarnos de algunos alimentos que mezclan gran cantidad de azúcar, carbohidratos refinados y grasas. Diríamos que son excesivamente sabrosos y todos ellos se diseñan y fabrican desde la industria alimentaria con esa filosofía de “¿a que no te puedes comer solo uno?“: Galletas, bollos, helados, dulces, precocinados, etc. Evítelos si no quiere comer sin parar.

Proteínas

Tal y como he explicado varias veces, hay una buena cantidad de estudios de intervención que relacionan el aumento moderado en la ingesta de proteínas con una mayor sensación de saciedad. Así que la cantidad  de este macronutriente también puede ser un medio para su regulación, especialmente evitando que su carencia nos pueda hacer sufrir un apetito indeseado.

Textura y procesado previo

Relacionado con lo que ya comenté en el post anterior, los alimentos muy procesados y con texturas muy blandas o líquidas, se comen con gran facilidad. Por el contrario, los más “crudos” o “naturales” requieren de más masticación, salivación y ablandamiento previo, lo cual aumenta la sensación de saciedad. Piense en lo que le cuesta comer un buen chuletón de buey a la brasa y compárelo con la misma cantidad de carne en forma de salchichas.

Conclusiones

Nuestro cuerpo parece estar mejor diseñado para controlar la saciedad si lo que se le suministra es comida de verdad: Vegetales y frutas, carnes y pescados frescos, frutos secos, fibra y agua. Sin embargo, parece desajustarse con alimentos ultraprocesados, ya que la saciedad requiere de cierto tiempo y ciertas condiciones para ser efectiva, que no que no se cumplen si nos inclinamos por cosas demasiado fáciles de comer y digerir. Además, si el placer que nos provoca la comida es muy intenso, puede superar cualquier otra señal cerebral y nos puede empujar a seguir comiendo impulsivamente, sin necesidad alguna, especialmente en situaciones de estrés o de necesidad de percepciones positivas.

Por lo tanto, si su dieta habitual está formada por alimentos menos procesados, es más probable que su metabolismo sea más eficaz autorregulandose y controlando debidamente el flujo energético de los alimentos mediante las señales que envía a su cerebro para crear las sensaciones de apetito y saciedad.

En mi opinión, esta es la estrategia más efectiva para conseguir perder peso, ya que el hambre es un instinto muy poderoso contra el que a largo plazo es prácticamente imposible salir victorioso. Si el enfoque principal de una dieta es restringir las raciones y las calorías, y quien la sigue pasa hambre y siente que no come lo suficiente, probablemente acabará abandonándola en unos meses. Sin embargo, si se consiguen identificar cuáles son los factores que regulan prioritariamente la saciedad (cuya influencia individual pueden variar bastante de una persona a otra) y se diseña una alimentación teniéndolos en cuenta, es posible dejar de controlar las cantidades y confiar en una autorregulación que evite la obesidad.

durante el intercambio energético que ocurre en un ser vivo y, en concreto, en nuestro cuerpo, existen gran cantidad de diferencias con un sistema simple del que entra y sale energía. Nuestro metabolismo es enormemente complejo y los innumerables procesos y reacciones que se producen continuamente forman una intrincada red en la que todo está relacionado y las sinergias y correlaciones son casi infinitas. Las hormonas forman parte de toda esa red y tienen un papel muy especial e importante: regular procesos y funciones. Son moléculas que segregan las propias células por diversos motivos: Cambios ambientales, señales cerebrales, variaciones de concentración de iones o nutrientes, otras hormonas… y podrían considerarse como catalizadores o inhibidores de muchas de las cosas que ocurren o dejan de ocurrir en nuestro cuerpo.

Durante los últimos años los expertos han relacionado numerosas hormonas con el sobrepeso, la obesidad y la inflamación. Seguramente habrá oído hablar de algunas de ellas: Insulina, ghrelina o leptina. Otras quizás le sean menos conocidas: Glucagón, adiponectina, GLP-1, colecistoquinina o péptido YY, etc.  Todas ellas forman un nutrido grupo y se segregan por parte de diversos órganos y en diferentes lugares de nuestro cuerpo: Páncreas, tejido graso, sistema gastrointestinal, etc. Sus funciones son muy variadas y no todas se conocen con precisión.

A modo de ejemplo, haremos un breve repaso de una de las más populares y relacionadas con la alimentación, la insulina. Cuando comemos carbohidratos, nuestro sistema digestivo los “trocea” y rápidamente quedan divididos en moléculas básicas, la de glucosa, que son absorbidas a gran velocidad hacia el torrente sanguíneo – especialmente rápido si eran refinados – . Dado que el exceso de glucosa en la sangre es tóxico, el metabolismo segrega gran cantidad de insulina, ya que es la hormona que se encarga de regular la retirada de la glucosa de la sangre y promover su almacenamiento en las células. Por lo tanto, el rol de la insulina es fundamental por dos razones: Para que el exceso de glucosa no dañe su organismo y para facilitar procesos de almacenamiento de grasa.

Si se sufren de forma repetitiva y constante altos niveles de insulina en sangre (por ejemplo, cuando se comen muy a menudo carbohidratos de rápida absorción), su funcionamiento y eficacia pueden convertirse en un problema. En este entorno de elevada insulina las células de muchos tienden a almacenar energía y los procesos de quemar grasa se inhiben en gran medida.

Además, se sabe que buena parte de las personas obesas desarrollan resistencia a la insulina, es decir, la sensibilidad de sus células ante la presencia de esta hormona se reduce (no se sabe muy bien por qué razón) y como consecuencia es necesario segregar todavía más cantidad de la hormona para que pueda ser efectiva retirando la glucosa. Así que en personas son sobrepeso a menudo se forma un círculo vicioso: más resistencia, más insulina, más almacenamiento de grasa, más resistencia… Por lo tanto, además de las calorías concretas que aportan los carbohidratos de rápida absorción, es importante tener en cuenta los altos niveles frecuentes de esta hormona que provocan y que convierten el metabolismo en un eficiente acumulador de energía, dificultando la utilización de grasas almacenadas en las células.

Respecto a otras hormonas, estos son, muy brevemente, algunos aspectos con los que se ha relacionado a algunas de ellas, en función del efecto que producen a mayores concentraciones:

  • Leptina: Reducción del apetito y aumento de la lipólisis o quemado de grasa .
  • Ghrelina:  Aumento del apetito.
  • Glucagón: Su efecto es el contrario al de la insulina.
  • Adiponectina: Aumento de la sensibilidad a la insulina y se relaciona con un menor IMC.
  • GLP-1: Aumento de la sensibilidad a la insulina y la saciedad.
  • PYY: Reducción del apetito.

Es importante repetir que todas ellas forman parte de sistemas complejos que se realimentan los unos a los otros y cuya aplicación en posibles tratamientos todavía está por dilucidar.

La tipología de los alimentos también influye en los niveles de muchas de las hormonas. Además de la ya descrita relación carbohidratos refinados-insulina, en los siguientes gráficos puede observar la variación de la concentración de alguna de ellas en función de los diferentes macronutrientes:

Variación de PYY y ghrelina tras comidas altas en grasas, proteínas o carbohidratos
Variación de la insulina, GLP-1 y Glucagón tras comida alta en proteínas o carbohidratos

Y como podría esperar, la respuesta hormonal de cada persona  puede ser diferente. Para que pueda apreciar estas diferencias, en la siguiente imagen puede ver unos gráficos con la variación de la concentración de diferentes hormonas observada  tras la comida, en un estudio realizado sobre personas obesas (lineas unidas por un cuadrado) y no obesas (líneas unidas por el círculo).

¿Qué nos dicen todos estos gráficos y los estudios de los que los he tomado? Aunque las respuestas varían en función de las personas y otras variables,  en general las comidas con más proteínas, vegetales, fibra (y también en ocasiones más grasas) están normalmente relacionadas con concentraciones de hormonas asociadas a la reducción de apetito o mayor saciedad. Y comidas más ricas en carbohidratos, se asocian con concentraciones de hormonas con menor efecto saciante.

De cualquier forma,  la cuestión es compleja y sin duda daría para varios libros. Si quiere profundizar un poco, puede leer los siguientes estudios, en los que también encontrará los gráficos que he incluido anteriormente:

A modo de conclusión, creo que es bastante evidente que nuestras hormonas tienen mucho que decir en la gestión de la energía, ya que hacen “reaccionar” a nuestro cuerpo de forma diferente ante distintos alimentos y otros factores ambientales. La reducción excesiva de proteínas, vegetales y grasas y su sustitución por carbohidratos refinados  puede modificar sus concentraciones y provocar efectos poco recomendables si se quiere perder peso: Aumento del apetito, alta eficiencia de acumulación de energía, inhibición de la lipólisis (oxidación de los ácidos grasos como sustrato energético).

Puestos a analizar el consumo energético, podríamos segmentarlo y dividirlo en tres componentes: La energía que se consume en reposo (metabolismo basal), el gasto energético debido a la actividad (la que consumimos al andar, leer, conducir, hacer ejercicio…) y la energía necesaria para la digestión y metabolización de los alimentos. Este último es la llamada termogénesis dietética. Procesar, digerir, metabolizar, absorber… a nuestro cuerpo obtener energía también le cuesta energía. Como es bastante eficaz haciendo su trabajo, no se trata de un valor muy elevado (y siempre es muy inferior a la propia energía que aporta el alimento), pero puede tener valores significativos. Se calcula que podría suponer entre el 5 y el 15% del total del consumo energético diario.

Evidentemente, cuanto mayor sea la termogénesis dietética, menor será la contribución energética real de un alimento, ya que a la cantidad de calorías teóricas que nos aporta (la que nos indican las tablas nutricionales calculadas con los factores Atwater), habría que restarle esas calorías añadidas que necesitamos para metabolizarlo durante unas horas.

Este sería un ejemplo de patrón de consumo energético debido a la termogénesis dietética en una persona a lo largo de 24 horas (las flechas indican el momento de las comidas), tomado del estudioDiet induced thermogenesis (2004):

Desde la perspectiva de cada macroinutriente, el que mayor termogénesis dietética tiene son las proteínas (que también suelen llevar asociada mayor sensación de saciedad). En el estudio “Meals with similar energy densities but rich in protein, fat, carbohydrate, or alcohol have different effects on energy expenditure and substrate metabolism but not on appetite and energy intake” (2003) se obtenían los siguientes resultados de consumo de energía inducido por la termogénesis dietética para cada macronutriente (proteínas P, carbohidratos C, grasas F):

También en el estudio Diet induced thermogenesis measured over 24h in a respiration chamber: effect of diet composition (1999), una dieta alta en proteínas tenía una termogénesis de 1295 KJ/d frente a una alta en grasas de 931 KJ/d.

Pero el tipo de nutriente no es el único factor del que depende esta variable, también varía en función del nivel de procesado del alimento. Si  éste es elevado, su metabolización es más sencilla y  la energía necesaria para ello es menor. Por ejemplo, en el siguiente gráfico publicado en el estudioPostprandial energy expenditure in whole-food and processed-food meals: implications for daily energy expenditure (2010) se observa la diferencia del consumo energético tras realizar dos comidas similares pero con un nivel de procesado diferente: pan integral y queso normal (línea representada por un cuadrado) y pan blanco con derivado de queso  (línea representada por un triángulo).

El alimento menos procesado y más dificultoso de digerir da lugar a un consumo energético significativamente superior debido al efecto termogénico, por lo que es evidente que la cantidad neta de calorías que acabará aportando será menor.

Insisto en que el efecto termogénico es una cantidad relativamente pequeña de energía, muy inferior a la que aportan los alimentos al comerlos. No se trata de pensar que comiendo alimentos de elevado efecto termogénico se quema más energía, sino de entender que la cantidad de calorías reales que aportan algunos de ellos puede ser sensiblemente menor a las que se pueden encontrar en listados o tablas nutricionales.

Conclusiones finales

una caloría no es una caloría“, hemos visto que, además de las calorías, los alimentos tienen importantes diferencias de digestibilidad, aportación de saciedad,respuesta hormonal y termogénesis dietética. Todos estos aspectos no son independientes, están muy relacionados entre ellos. Al hablar del balance energético humano hay que tenerlos en cuenta, porque el tema no es algo tan sencillo como la-energía-que-entra y la-energía-que-sale.

Como resumen y ejemplo didáctico final, para mostrar el resultado práctico de muchos de los factores comentados, quisiera recordarles un reciente estudio que ya comenté en un artículo anterior, Effects of Dietary Composition on Energy Expenditure During Weight-Loss Maintenance (2012). En esta interesante investigación, los expertos midieron los cambios en el consumo energético en reposo (REE) y en total (TEE)  al someter a un grupo de personas a tres diferentes tipos de dietas: Una dieta baja en grasas, una dieta de bajo índice glucémico y una dieta muy baja en carbohidratos, siendo las tres dietas isocalóricas, es decir, que aportaban exactamente el mismo número de calorías. El resultado puede observarse en los siguientes gráficos del consumo energético (REE izquierda y TEE derecha):

En ambos casos se aprecia claramente cómo mientras se les sometía a la dieta baja en grasas (columna de puntos de la izquierda en ambos gráficos) se producía un menor consumo energético basal y total. En concreto, en reposo se quemaron 205 kilocalorías menos y en total 420 kilocalorías menos que antes de hacer dieta. Por otro lado también se ve que, comparadas con la dieta baja en grasas, la dieta que más consumo energético lleva asociado es la muy baja en carbohidratos (70 y 320 kilocalorías más en reposo y total, respectivamente, columnas de puntos de la derecha) y después la de bajo índice glucémico (40 y 120 kilocalorías más en reposo y total, respectivamente, columnas de puntos del centro). O dicho de otra forma: Que aunque las calorías que entran son las mismas en las tres dietas, las que salen o se consumen son bien diferentes.

Por cierto, aunque el número de sujetos es relativamente pequeño, en los gráficos también se aprecia que hay bastante diversidad de resultados en cada persona. El mismo tipo de dieta puede tener efectos muy diferentes, lo cual indica que existen otros factores externos y genéticos que probablemente también tengan importancia.

Y así  hemos terminado esta pequeña serie que, sin duda, se irá completando en el futuro con los nuevos descubrimientos que se vayan confirmando. Por el momento espero que haya llegado a comprender por qué una caloría puede ser muy diferente a otra caloría. Al menos, es lo que hasta ahora nos dice la ciencia.